Sergio Raimondi: carta de agradecimiento

Querida Gloria

No podía tener más expectativa antes de viajar. Venía leyendo en los últimos días –te había contado—las crónicas de Rápido tránsito de Coronel, que se sumaban con su prosa propiamente acelerada a una biblioteca mental compuesta también por versos de Salomón de la Selva, de Joaquín Pasos, de Martínez Rivas y de Cardenal, además de, claro, los del “paisano inevitable”. Sabía que tenía la posibilidad de conocer, de una vez, esa “pequeña república de grandes poetas”.

Vuelvo convencido que ha sido uno de los viajes más lindos que me ha dado la poesía.

Me traje la valija doblada en peso por libros y fotocopias, por supuesto, y en el cuerpo no solo el bochinche de los zanates volviendo a los árboles del parque en el atardecer, el Momotombo allá al fondo (“Pues bien. Yo te amo / como se ama a un sapo”, había leído en la oda de Urtecho) o la procesión al lago esquina tras esquina con el slogan cantado (“¡el dolor! / ¡de los árboles! / ¡cortados!”), acompañado del gesto exacto de los brazos y de una comunidad presente capaz de hacer suya la fiesta, sino también el recuerdo por ejemplo del almuerzo genial y la larga conversación con Jorge Arellano, quien más que gentilmente unos días después me dejó en la recepción del “Alhambra” un paquete con la poesía completa de Coronel, sus Prosas reunidas y otros textos inconseguibles para mí desde Argentina.

Como si fuera poco, tuve mis quince minutos sentado ahí junto a Cardenal, conversando gentilmente sobre sus traducciones de poesía norteamericana, gracias a la paciencia y a la generosidad de Luz Marina, que supo lidiar con mi ansiedad durante los primeros días.

Pero más también. El sabor del licuado de frijoles y del queso asado, los encuentros todas las noche con rancheras, Toña, bachata, vino tinto, cumbia y ron, el intercambio que iniciamos con Delgado-Aburto, la charla con Blandón a propósito de su poema sobre la Antología de 1963, los cruces de correos con los jóvenes poetas nicas como Marcel Jaenstchke y, sin duda, las miles de charlas y paseos con mis compañeros poetas del resto del mundo.

Y por supuesto más. La subida a la torre de La Merced para replicar el gesto inicial de casi un siglo atrás, un almuerzo increíble en la casa increíblemente histórica y colonial de Nicasio, una visita a la biblioteca municipal Manolo Cuadra (que incluyó la aparición repentina y ruidosa de dos fumigadores portando armas higiénicas jamás vistas que dejaron una humareda extensísima por todo el patio del convento San Francisco), una caminata periférica que me llevó hasta una casa donde, ante una puerta abierta que dejaba ver rostros mudos y una Virgen de un tamaño descomunal, unos músicos tocaban y tocaban, etc. etc. etc.

Creo que el miércoles mismo, por la noche, me acosté pensando que llevaba aproximadamente un mes en ese país. Había hecho una visita fugaz en taxi por Managua en la mañana misma del arribo, y el jueves hicimos lo mismo con unos compañeros latinoamericanos en otra visita rápida a León. Me vine con un mapa del país, ¡literalmente, eh!

Fueron todos tremendamente gentiles con todos nosotros, Gloria. Sé lo que significa la gestión y sé, porque vi, cómo vos misma respondiste durante meses tres, cuatro, diez veces a mis correos. Un poco más, un poco menos, entiendo que habrás hecho lo mismo ¡con los otros ciento cincuenta y nueve! ¿Qué es lo que hace que alguien tome una tarea así? ¿Qué tipo de pasión hay ahi? Si tu capacidad de trabajo ya la había comprobado, el viaje me permitió distinguir otra faceta: tu intensidad como compañera.

Dejále entonces por favor también mi agradecimiento a Francisco. Contále que fue emocionante, ahí a minutos del final, ver cómo anunciaba ya el próximo, con Manolo y, ¡alegría de escuchar!, Roque Dalton como los homenajeados.

Fueron días inolvidables. Podría seguir con las impresiones y las experiencias, pero quería escribirte ya, acá en Buenos Aires y a la espera de que llegue el horario de mi vuelo final a Bahía Blanca, para darte a entender en la urgencia no solo mi agradecimiento sino el ponerme a disposición para lo que puedan alguna vez necesitar desde Argentina.

Te dejé con Kenia (impresionante el trabajo de todos ellos también) unas pequeñas ediciones del museo público y comunitario en el que he trabajado muchos años.

Con todo mi cariño, extensivo a cada uno de ustedes.

Sergio Raimondi
Argentina

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