Lecciones del poeta Enrique Fernández Morales

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Enrique Fernández Morales, Iván Uriarte, Fernando Gordillo, Roberto Cuadra, Edwin Yllescas, Raúl Xavier García.

Julio Valle-Castillo

Al arrancar la década del cuarenta, cuando los exvanguardistas arrastrando su fracaso político retornaban a refugiarse a Granada, el joven Enrique Fernández Morales (Granada, 25-XII-1918- Idem., 18-IX-1982), único habitante de «La ciudad deshabitada», ya los estaba aguardando, ya había ganado y hecho su propio espacio, para sumarse poco después a ellos y emprender una nueva etapa en la acción cultural y la creación poética de Nicaragua, que la crítica ha dado en llamar postvanguardia: Cofradía de Escritores y Artistas Católicos, el Taller San Lucas y la publicación de Cuadernos del Taller San Lucas (1942-1951).

Granadino, más o menos coetáneo de ellos, conservador y también católico, apostólico y romano, Fernández Morales bien pudo haber sido el más joven del los vanguardistas acaso el último miembro del grupo de Vanguardia; pero no lo fue porque entre los cabecillas y él mediaba sino una enemistad, una noamistad, una distancia. No hay que olvidar que este poeta y artista veinteañero descendía de aquellos célebres y refinados personajes burgueses y pertenecía a la floreciente burguesía comercial, que en los treintas habían sido el pasto favorito de los aristocráticos poetas, venidos económicamente a menos. Ante don Dolores Morales, abuelo materno de Fernández Morales, los vanguardistas oponían o fantaseaban risueñamente con el mundo de don Placeres Físicos, del que, en verdad sólo disfrutaban los hijos y nietos de don Dolores Morales. Hasta el Mombacho, monte murruco, Volcán eunuco, Buey muco, Dios timbuco, según denuncia de Coronel Urtecho, era «socio, el pariente de don Dolores Morales».

En este retorno a Granada, su casa señorial, su biblioteca de poesía, literatura y arte, y su persona cosmopolita, educada en Nueva York y San Francisco de California, fueron claves en tanto que eran punto de atracción y referencia en aquel medio provinciano. Amigo primero de los entonces tres poetas adolescentes, Ernesto Mejía Sánchez (1923-1985), Carlos Martínez Rivas (1924) y Ernesto Cardenal (1925) y del poeta español y maestro de los dos últimos en el Colegio Centro América, Angel Martínez Baigorri (1899-1971), Fernández Morales estrechó, a través de ellos, relaciones con el jefe de la postvanguardia: Pablo Antonio Cuadra y con el eterno mentor, Coronel Urtecho, quien a veces permanecía en Granada y a veces se retiraba al Río San Juan. Acorde y en disponibilidad con su programa, colaboró en el número 1 de Cuadernos del Taller San Lucas y fue su única colaboración; pero se erigió en el primer archivista de la literatura y de la historia nicaragüense y particularmente granadina.

Conocedor de las propuestas de la excentricidad y de las teorías europeas para la modernización de las artes, se propuso aplicarlas en Nicaragua, descubriendo así a la primera pintora primitivista, naif o naiv que cuenta, la rústica doña Salvadora Heríquez de Noguera. Años después, en esta misma dirección, Fernández Morales iniciaría, junto con el pintor y maestro de pintores, Rodrigo Peñalba, a la abuela bordadora, doña Asilia Guillén, una de las mayores ingenuas de América en este siglo. Paralelamente había desarrollado y promovido vocaciones plásticas como la suya propia y la de Rafael Mejía Martí, RAMEM. Y casi todos los pintores que surgieron en las siguientes tres décadas, deben algo o mucho a sus incitaciones, observaciones o lecciones.

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Jorge Eduardo Arellano, Enrique Fernández y Ernesto Mejía Sánchez.

También inició la valoración crítica de nuestro patrimonio pictórico y escultórico organizando la hoy Colección FERNANDEZ MORALES, Banco Central de Nicaragua. Sus páginas de historia y crítica de arte son en este sentido autobiográficas.

Pero no sólo por razones artísticas Fernández Morales era punto de convergencia, sino por razones ideológicas y activismo político y congregacional (Acción Católica, Orden Terciaria franciscana) complementarios de su labor, en el contexto de lucha anticomunista y antisomocista del inicial período de consolidación de la dictadura (1939-1947) del General Anastasio Somoza García. Escándalo constituyó en Granada que, su casa y él mismo vinculado al gran capital y a firmas empesariales (era yerno de don Faustino Arellano), fueran sede anfitrión de acercamientos entre los sindicatos de la Central General del Trabajo (CGT) y el obrerismo católico, poco después de la promulgación del Código del Trabajo (1944).

Perseguido y encarcelado en muchas oportunidades, Fernández Morales tuvo que salir huyendo hacia Costa Rica. No más llegó a San José se incorporó al grupo de exiliados nicaragüenses que, aprovechando la agitación estudiantil, organizó, en agosto de 1944, el movimiento armado al mando del general conservador Alfredo Noguera Gómez para derrocar a Somoza García. Dicha invasión, entre septiembre y octubre de 1944, fue financiada por el general Carlos Pasos, fracasando en la márgenes del Río San Juan bajo el fuego costarricense y somocista.

Al regreso del exilio, en 1946, se reveló como animador del estudiantado de la Universidad de Oriente y Mediodía, preparando carnavales y veladas cuya tónica era la crítica a la dictadura, a su burocracia y a la Guardia Nacional, especialmente en el momento del golpe de estado al presidente Leonardo Argüello, por la que, a mediado de 1947, volvió a caer preso con otros estudiantes. Consecuentemente, Fernández Morales fue de los primeros en plantearse la renovación del conservatismo, que originaría en el siguiente decenio, el movimiento juventud Conservadora.

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Enrique Fernández, Fernando Silva

La década del cincuenta fue acaso la más activa y fructífera para Fernández Morales, pues en ella publicó La música extremada (Granada, Imprenta Granada, 1955), Laudes y Prosa Jubilar al Padre Juan B. Cassini (Granada, Imprenta Granada, 1958), mientras cultivaba una narrativa utilitaria para la radio y otra de ficción. Ya en 1951 tenía organizado unos Cuentos para contar y cantar que obtendrían hasta en 1970, el Premio Nacional «Rubén Darío». Pero su verdadero aporte a la narrativa nicaragüense radica en sus cuentos dispersos y publicados a finales de la década del cincuenta.

La accidentada y débil tradición teatral nicaragüense debe igualmente mucho a su impulso y magisterio: formó actores ya actrices, dirigió montó diversas piezas suyas y ajenas, actuó y diseñó vestuarios y escenografías y adaptó dramas, tragedias y comedias clásicas para el radio-teatro. Sin embargo, muchas de las obras que escribió, especialmente las Pastorelas, teatro navideño, se han perdido. La niña del río (1943) y El milagro de Granada (1954), sin contar «El vengador de la Concha» (1962), porque es más bien un romance cívico y mariano, versan sobre temas históricos y devotos particulares de la tradición granadina, fundando una suerte de teatro local.

En medio de su quiebra económica que sobrevino al generoso despilfarro, el derroche y la automalversación y de algunas salidas a Alemania, España y México, Fernández Morales jamás desistió de su magisterio poético sobre las nuevas generaciones, de tal manera que hacia finales de los cincuentas, inició en el oficio a Nicolás Navas, Horacio Duarte y Horacio Bermúdez y en los sesentas organizó el Estandarte de Bandoleros, al que pertenecían Raúl Xavier García, Jorge Eduardo Arellano y su propio hijo, Francisco de Asís Fernández. Tampoco desatendió las artes escénicas porque en 1963 fundó, con el actor Armando Urbina Vázquez el Teatro experimental de Granada. En los sesentas y setentas se desempeñó como Secretario General del Ministerio de Educación Pública, trabajó en Extensión Cultural del mismo Ministerio y dirigió el maltrecho museo Nacional de Nicaragua.

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Enrique Fernández, Octavio Robleto y Pablo Antonio Cuadra.

Ausente por propia decidia de la antología, Nueva poesía nicaragüense (Madrid, Seminario de Problemas Hispanoamericanos, 1949), seleccionada por Orlando Cuadra Downing y prologada por Ernesto Cardenal, precariamente representado en otras, con la mayor parte de su producción poética inédita o dispersa, Fernández Morales pareció como relegado a un segundo plano entre los poetas de la postvanguardia, máxime que desde temprano, Martínez Rivas, Cardenal y Mejía Sánchez crecían en celebridad internacional. No obstante, a mediados de los setentas, discípulos y amigos suyos compilaron y seleccionaron su obra en verso y la imprimieron bajo el sello de la Editorial Universitaria de Nicaragua y en la mejor colección de poesía nicaragüense publicada en esa década, Aunque es de noche (León, Editorial Universitaria, 1977, 180 p.).

Conservando el título, incluso, con la exactitud de la fuente: Y aunque es de noche…, su hijo Francisco de Asís Fernández y yo hemos organizado su libro. Un libro como una casa de letras, ideal, planeada, trazada, proyectada con un teatro de bolsillo, con un salón para los cuentos y una galería para sus páginas de arte, una casa de poesía, su casa recobrada, como su otra edad restituida, como su paraíso reconquistado para eterna memoria. La casa de los Fernández de quiosco y capilla en la calle Real de Granada, por cuya acera nunca volvió a pasar y cuyo umbral jamás se dejó pisar desde que en un día adverso salió con la madre moribunda a cuestas y sólo divisaba con indecible desgarradura y nostalgia.

151014INFOGRAFIA11Ojalá y este su libro sea la legítima casa de Enrique Fernández Morales, de la que jamás podrán echarlo los acreedores ni los usureros ni los ejecutores, su casa que es la casa de la Chepita Solís, del padre Azarías H. Pallais, de su compadre Fernando Silva, de Juan Aburto y Francisco Pérez Estrada; la casa de las novias de todos los poetas, la casa de la June Beer, de Irma Prego, de Adelita Marenco Pasos, Miriam Marenco y Merceditas, la casa de las musas Martha y Melba Debayle, la casa del niño Cardenal, Mejía Sánchez y Martínez Rivas; la casa de la Virgen de la flor y de todos los santos de la corte celestial; la casa de doña Rosita, de Marimelda, de Blanca Fernanda, la infanta difunta como la vimos siempre en una foto sepia, la casa de Francisco de Asís y Lucy, la portorriqueña durmiendo a Francisquito; la casa reconstruida después con la gloria de la Gloria, la negra de dientes blanquísimos, madre de la pequeña orquesta de Enrique Faustino, camilo René y la niña Gloria Marimelda Blanca Fernanda Fernández Gabuardi que reaviva en sus facciones y menuda complexión aquella muñeca de cuerda que se parecía a doña Rosita y a la misma doña Rosita; una casa reliquia llena de reliquias: comedores para cien personas, pesada platería con la marca del rey, cristalería, añejos roperos y armarios labrados por manos maestras, un camarín, un vitrina con una blusa, un bucle y las gafas de mama Elena, las fotos de doña Blanca Berta, su madre, su cartera de chaquiras y su abanico de plumas conservadas por un Quico edípico; casa-refugio del pintor Róger Pérez de la Rocha y del conspirador y más tarde Comandante Cero, Edén Pastora, después del terremoto de 1972; la casa que es la cocina de la Lucrecia con todo y su marido y sus hijas. ¿Cuál casa, la de su amigo Carlos A. Bravo, que adquirió Francisco de Asís y donde fallecería o la casa esquinera, cerca de la Piedra Bocona? La casa donde yo lo conocí.

Casa de pretil, mezcla de fortaleza y jaula, pintados sus adobes de un guado amarillo, a la cual se ascendía por una desvencijada puertecita lateral y a través de un largo corredor se llegaba hasta la presencia de Enrique Fernández Morales: gordo, redondo, circular, como luna llena y sonriente cuando no deprimido, acalorado dándose aire con un abanico de palma, echado en sus muchas camas de bronce y pabellón, en una hamaca de manila o empotrado en una poltrona o perezosa de mimbre para una inmemorial pereza u ocio creador, con un rosario en la mano y el pecho constelado de escapularios, crucifijos y medallas. Redonda también era l cara de Quico, los ojos achinados, rasgados, de asiáticos y náhuatl. Las manos eran como de cupidos o serafines barrocos diestros en arpas, guitarras y pianos.

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Enrique Fernández y Fernando Silva.

Un Buda tropical así de meditativo y contemplativo y de sensual, que se encantaba con sembrar bosques de árboles genealógicos, pariente de todas sus familias y parientes. Un hombre que era cruce de Catulo y Lezama Lima, con las mismas glotonerías y ritos del romano y del habanero, creía que todos los días de su vida eran sábados y domingos, días de fiestas aunque de duelos. Un hombre que él era una fiesta, opulento y suculento como sus mesas y con ganas de comer iguanas, pebre en caldillo, huevos de paslamas en un lecho de yuca y bañados por una ensalada de repollos, tomates, cebollas y chiles congos, tortugas de cuaresma, morongas, nacatamales y tamales, quesos duros, yoltamales y quesos de crema o de égloga, cañita, Santa Cecilia, Flor de Caña, ron plata, champán, ron oro, extraseco, whisky, cervezas, vinos, tequilas, licores de todas las marcas, según las contribuciones y los contribuyentes en la permanente pobreza o espléndida necesidad. Uno de esos domingos de la adolescencia me llevó a su casa Jorge Eduardo Arellano y nos introdujo a su trato magistral y digo magistral, porque sólo lecciones recibimos de Fernández Morales. La primera fue acaso su gozo y congoja de vivir, de vivir cantando con su guitarra sus canciones propias y boleros de Manzanero o de María Grever, Voy a apagar la luz para pensar en ti… Si o encontrara un alma como la mía….; la segunda, el amor por todas las artes, el esteticismo, la religión del arte; la tercera, el afán de salvaguardar apuntes, óleos, tintas, lápices, poemas, cerámica, todos los objetos de la sensibilidad y la cuarta, ya poco antes de morir, saldar las cuentas con absoluta y cruda honradez con la vida, la verdad, la amistad, la sociedad y la hipocresía. En ese negocio final suyo, todos fuimos, desde su hijo hasta los más opacos amigos, acusados, recriminados, cuestionados, condenados y perdonados, aceptados y comprendidos. Nos declaró la guerra a muerte para dejar en pie y quedar en paz sólo los que en verdad lo amábamos o amábamos sus pasiones. Cuatro lecciones que sólo puede dictar un hombre verdadero y un artista verdadero.

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