Antonio Gamoneda

Antonio Gamoneda. (Oviedo, 30 de mayo de 1931). Poeta y crítico de arte español.

Colaborador de las revistas Espadaña y Claraboya, durante los años 70 crea y dirige la colección de poesía Provincia.

Dedicado a la crítica de arte, trabaja como asesor cultural en la Diputación de León; es también director de la Fundación Sierra Pambley, institución dedicada la docencia caracterizada por ser una proyección de la Institución Libre de Enseñanza. Paralelamente colabora con la revista Serta, a la que aporta diversas reflexiones y estudios.

En 2006 recibe el Premio Cervantes, considerado el galardón más importante de las letras hispánicas. Considerado uno de los poetas fundamentales de la literatura contemporánea española, su obra se caracteriza por su rigor y su simbolismo, y ha sido traducida al alemán, francés, portugués e italiano.

El escritor Antonio Gamoneda, premio Cervantes 2006, depositó en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes un legado que permanecerá guardado hasta el año 2032. Es una de las personalidades que deja un objeto personal en la antigua cámara acorazada de la sede central del Instituto.

Premios y reconocimientos:

  • Premio Adonais de Poesía (accésit), Sublevación inmóvil, 1959
  • Premio de Castilla y León de las Letras, 1985
  • Premio Nacional de Poesía, Edad, 1988
  • Doctor honoris causa (Universidad de León), 2000
  • Premio de la Crítica de Castilla y León del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, Arden las pérdidas, 2004
  • Premio de Cultura – Literatura (Comunidad de Madrid), 2004
  • Medalla de Plata (Principado de Asturias), 2004
  • Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (España), 2006
  • Premio Miguel de Cervantes (España), 2006
  • Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes, 2006
  • Medalla de Oro de la Provincia de León, 2007

 

Música de Cámara 

I

Si pudiera tener su nacimiento
en los ojos la música, sería
en los tuyos. El tiempo sonaría
a tensa oscuridad, a mundo lento.

Mezclas la luz en el cristal sediento
a intensidad y amor y sombra fría.
Todavía silencio, todavía
el sonido no tiene movimiento.

Pero llega un relámpago; se anudan
en los ojos lo bello y lo potente.
La fría sombra se convierte en fuego.

La belleza y el ansia se desnudan.
La música se eleva transparente.
Oh, sonido de amor, déjame ciego.

II

Yo, sin ojos, te miro transparente.
En la música estás, de ella has nacido;
de este grito de luz, de este sonido
a mundo amado luminosamente.

Y yo escucho después —agua creciente—
a la música en ti: todo el latido,
todo el pulso del aire convertido
a tu belleza, a tu perfil viviente.

Tumba y madre recíproca, del canto
orientas a tus venas la agonía,
y tus ojos asumen su potencia.

Oh prisión de la luz, después de tanto,
ya veo en el silencio: la armonía
es tu cuerpo, tu amada consistencia

 

Blues del cementerio

Conozco un pueblo –no lo olvidaré–
que tiene un cementerio demasiado grande.
Hay en mi tierra un pueblo sin ventura
porque el cementerio es demasiado grande.
Sólo hay cuarenta almas en el pueblo.
No sé para qué tanto cementerio.

Cierto año la gente empezó a irse
y en muchas casas no quedaba nadie.
El año que la gente empezó a irse
en muchas casas no quedaba nadie.
Se llevaban los hijos y las camas.
Tenían que matar los animales.

El cementerio ya no tiene puertas
y allí entran y salen las gallinas.
El cementerio ya no tiene puertas
y salen al camino las ortigas.
Parece que saliera el cementerio
a los huertos y a las calles vacías.

Conozco un pueblo. No lo olvidaré.
Ay, en mi tierra sin ventura,
no olvidaré a mi pueblo.

¡Qué mala cosa es haber hecho
un cementerio demasiado grande!

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