LA VIGENCIA DE LA POESÍA

“Humildad viene de humus. Humus significa tierra. Humildad es saber donde uno está parado”. Estas fueron las palabras del poeta Sosa. Y yo vi un camino. Estábamos en su casa, en la Colonia Miraflores de Tegucigalpa, rodeados de estantes debidamente confeccionados para cuidar (de la humedad, de la indiferencia y del polvo) a sus habitantes de cartón y de papel; libros rodeados de obras plásticas, de la que recuerdo una: dos cabras que podían ser la misma (o su sombra en la pared de la nada), obra que serviría de portada para su libro Máscara suelta. Humildad. Y el poeta, al ver que yo me había detenido en aquel cuadro, dijo: “es un maravilloso pintor haitiano”. Le creí. ¿Cómo no hacerlo si lo tenía ante mis ojos? Aquello era un vínculo entre dos países en peligro.

Entrar en su casa era descubrir dos guardianes: el viejo Pontiac (que uno imaginaba repleto de esas florecillas del campo, inmortalizadas en el bellísimo poema dedicado a Diana y Leonor, sus hijas) y su perra bóxer, Xena, en cuyos ojos el poeta veía los dos tomos de la angustia. “Fíjese bien en sus ojos”, decía, “en ellos cabe la tristeza del mundo”.

Solo el tiempo lo confirma (ayudan los viajes, aportan las experiencias y las noticias), pero solo el tiempo lo escribe con imágenes indelebles: el mundo vive una época oscura, y Honduras –país natal– tiene un lugar en el atlas que remarca las fronteras, en las enciclopedias que debilitan los colores, en los duros aportes de la información, de donde quiera que venga; y, por supuesto, en los índices de la poesía. Por ello, la obra de este gran poeta hondureño no puede estar más vigente, poderosa brújula que, décadas después, sigue marcando el sitio de cada punto cardinal: un país y su forma de herida, una herida que se resiste a ser cicatriz.

Detectado el final del túnel, retrocedamos.

Hay un libro de Español en las manos de un estudiante de secundaria y, adentro, dos poemas que me cambiarán la vida. El primero: Los pobres son muchos / y por eso es imposible olvidarlos. Aquí habitan miles de personas en cuyos hombros se incinera el féretro de una estrella. Un país poblado de pobres que, tras ser muchos, todas las mañanas ven en múltiples edificios lo que ellos quisieran habitar con sus hijos. En lugar de estos privilegios, cruzan por espejos de sangre y nublan el sol. ¿Nublan el sol? Esto es muy fuerte.

El segundo poema, Dibujo a pulso, abre con tres latigazos: A como dé lugar pudren al hombre en vida, / le dibujan a pulso las amplias palideces de los asesinados / y lo encierran en el infinito. Mucha agua ha pasado por el puente de aquel muchacho, entonces más niño que hombre, más ingenuidad que conciencia, más seguir de pie que desmoronarse. Al final, importa los resultados, y esos poemas quedaron en mí como dos quemaduras.

Aquellas palabras venían de dos libros: Los pobres y Un mundo para todos dividido. Del primero, poemas como Los indios, De niño a hombre, La casa de la justicia y La igualdad, marcaron una ruta de entendimiento: nuestros pueblos originarios desvalorizados y saqueados; los niños (aspirantes a migrantes o sicarios), la irresponsabilidad en su formación, en su crianza; una casa de la justicia y su fábrica de trampas para acomodar los intereses de los más poderosos, de los más sucios; o la perfecta igualdad de la muerte, la cual –por más que se intente comprar la vida, en la totalidad de su inercia– no puede escapar del idéntico destino de tierra que espera por todos. Los pobres es un libro cuya propuesta es un acierto de sensibilidad y conciencia, por ello resulta imposible salir de él sin detenernos, varias veces, en un poema total: Mi padre. No puedo ocultar mi lástima por los lectores que no han llegado, aún, a este poema que, aunque es una elegía, está vivo en cada milímetro cúbico de sus versos.

En Un mundo para todos dividido, el poeta escribe, acaso, su mejor libro a nivel conceptual: a partir del “yo”, avanza, con total integridad al “nosotros”. Poemas que, desde los títulos, van tejiendo su verdad: un telar resistente sin un hilo suelto (aunque el mundo amenace ser una madeja perdiéndose en el limbo, escapándose de nuestras manos, tan difícil de juntar). La arena del desierto que comparto con otros, Esta luz que suscribo, en la primera parte del libro, inevitablemente conducen a poemas como Los elegidos por la violencia, La yerba cortada por los campesinos y El vértice más alto: No fabricaremos placer con el terror que sufre el payaso / a causa / de las dificultades que para él representa / subir / al vértice más alto del circo, / porque la palidez que mal oculta el maquillaje de su cara, / quizá signifique / el precio / de la sonrisa de su hijo menor.

No sé qué hubiera sido de mi vida sin los libros de don Roberto, como lo llamábamos, con respeto y gratitud. Los leí varias veces. Siempre me pareció increíble que fueran tan pequeños, tan delgados, pero a la vez provistos de una potencia desmesurada. En ellos aprendí la solidaridad, pero también entendí que cada libro debía concebirse, de algún modo, como un proyecto.

Secreto militar es, por ejemplo, no solo un valiente libro de poesía, sino un documento histórico que señala los seres inhumanos que no deberían repetirse en esta América, en cuya cosecha existe, también, el error de los dictadores. Qué claro lo tenía el poeta cuando habla de todos estos detestables personajes. Maximiliano Hernández, Tiburcio Carías Andino, Duvalier, el “cerdísimo Trujillo”, Somoza, Ríos Montt, Pinochet, Stroessner; qué vigente el poeta Sosa cuando dejó estos versos escritos en un presente que no alcanzamos a comprender: La palabra democracia, hoy por hoy, / ha sido despojada de su significado. / Los hipócritas, como solamente ellos saben hacerlo, / se llenan las fauces con su nombre.

El poema dedicado a mi hermano músico, Néstor Sosa, hijo del poeta, es un texto Urgente, y nos remite a la actualidad, a esta necesidad de preguntarnos dónde están los pasos del futuro, o bien, algo más lamentable: los secuestros, el destino de quienes, desaparecidos, rompen el ciclo de las preguntas que siguen en el aire.

Desembocamos en dos libros más del poeta: Máscara suelta y El llanto de las cosas. El poeta, consciente del trabajo realizado en el “nosotros”, nos muestra, ahora, su intimidad. En el primero, rinde homenaje a su gran compañera, nuestra querida doña Lidia Ortíz: Mujer, la de la mano amiga sobre el hombro, / los extremos se tocan, con amor, en tus dedos. / Juntos / recorreremos el andado y desandado camino. Y nada / haremos que no sea hermoso.

Como lo fue, también el gran poema a su madre, que dio título a su libro El llanto de las cosas, a quien tuve la fortuna de conocer, casi a sus cien años, junto a Carlos Ordóñez, Edgar Rodríguez y Zadick Córdoba, en un viaje que nos llevó a imaginar el inicio de sus años, quizás los mismos descritos en El pequeñín, poema dedicado al inmortal Juan Ramón Molina. Así, en El llanto de las cosas, el poeta nos hace viajar a través de El viejo Pontiac, Recuerdos número 1-2, en los homenajes a Nelson Merren, a Eduardo Bahr, al poeta Rigoberto Paredes, al imprescindible José Adán Castelar, a Ramón Oquelí, entre otros, tras abrir la puerta de su intimidad mayor.

Cada libro del poeta Roberto Sosa es un itinerario serio, un escenario en que el autor es un fotógrafo dispuesto a todo, minucioso observador de lo que ocurre, ante lo cual no podemos ser tibios, ni sordos ni ciegos. En esto radica la depuración de su lenguaje, en el saber observar y escribir con responsabilidad, como los campesinos de su emblemático poema, en donde …quemar incienso a las buenas gentes, / ayuda a vivir, / ayuda a bien morir. O, como en el final de Dibujo a Pulso, cuyo objetivo es la construcción de puentes: para que pasen, uno a uno, todos los hombres humillados de la tierra.

 

Dennis Ávila,  14 de febrero de 2018

 

 

 

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