Agustín Labrada Aguilera: “Mis parientes hoy descifran el sur”

Invitado al Festsival Internacional de Poesía de Granada. Agustín Labrada Aguilera (Holguín, Cuba, 1964), estudió literatura en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona, de Cuba; y ciencias de la comunicación en la Universidad Interamericana para el Desarrollo, de México. Desde 1992 reside en Chetumal, México, donde coordina el Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén, dirige la revista Río Hondo y realiza el programa radiofónico Una puerta al mar.

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Es autor de los poemarios La soledad se hizo relámpago (1987), Viajero del asombro (1991, 1995 y 1997) y La vasta lejanía (2000, 2005); de la antología de poesía amorosa cubana Jugando a juegos prohibidos (1992); de los libros de periodismo cultural Palabra de la frontera (1995), Más se perdió en la guerra (1999) y Un paseo por el Paraíso (2006); y del conjunto de ensayos críticos Teje sus voces la memoria (2011). Sus poemas figuran en más de 50 antologías publicadas en Europa, América Latina y Estados Unidos; así como en los discos Un lugar para la poesía (1986, 2006), Guerra y literatura del siglo XX (2003), Los ángeles también cantan (2006) y Milonga para Isa (2012). Ha ofrecido lecturas en espacios de Cuba, México, Nicaragua, Bulgaria, España y Francia.
Agustín Labrada

HENDIJAS
Ningún poder desterrará la ira,
aunque urda mil techumbres
diferentes como el lino y la escarcha.

Así mientras diluvio
se aleja el unicornio,
inabarcable en su rugosa identidad.

Mis parientes hoy descifran el sur:
un pantanal de muchos mediodías,
y desdibujan esas enramadas
según dicten pasiones y tornados.

Sólo yo escucho crepitar esos faroles,
——————– sus resecos designios
——————- que anudaban mi ser.

No tuve que lidiar con las deidades
ni ofrecer un cordero a alguna tribu.

Yo no estuve en los mapas.

Así nadie extrañó
que me fuera borrando tras la cerca.

El sur es anteayer,
——— ———–aún el norte no existe,
y pesan los tablones que no supe aserrar.

Sobre mi ropa
esculpo la ballena
que ahuyentaba a los jinetes plomizos,
aunque ya no amenacen sus hendijas.

Las hendijas no cierran,
en sus oscurecidos pabellones
se acorrala un relincho
más acre que cualquier fusilamiento,
entre sus púas me sacrifican
por un crimen tan sólo imaginado.
COMO MURCIÉLAGOS
Salen de alguna grieta los rencores
como dardos que ciñen
toda constelación al polvo,
y nos hincan
rumores de venganza entre la niebla.

En sucesivas espirales su aridez
devasta los cercados
que a esa estirpe oponemos
cuando agónico el mundo
nos descubre algún borde para la fantasía.

Vienen como murciélagos
marcando latitudes con su aullido,
para nombrar del barro
sólo su imagen turbia,
donde nunca crecerán los girasoles.

Si no los sé bordear,
si me dominan,
si envejecen así,
¿qué vitral construiré para mi hijo,
qué árbol sin invierno en su mirada?
SIEMPRE ESTARÁ MI SOMBRA
Para mi hijo Alejandro
No pedí que vinieras a este circo,
pero ya en él son tuyos mis viñedos,
las uvas menos ciegas
que he podido salvar de tanta ruina
y los nuevos caballos que ofrezcan las mañanas.

Mi madre ha confesado que me repito en ti.
Son huellas no buscadas
donde cruje el molino,
la sucesión de un barco hacia otro barco,
una flota regida por la sangre y su duende.

Han dispuesto ballestas que vigilan tu feudo,
tan cerca de tus ojos
que si intento borrarlas puedo herirte,
y si acepto su musgo
quedarían enrejados todos mis gavilanes.

Pasará esta marea
mientras tenso los mástiles y aguardo por tus globos
para irnos al galope
hacia otras narraciones sin murallas.
Adonde vayas tú siempre estará mi sombra.

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