Festival Internacional de Poesía en Granada, por Ricardo Lindo

Ricardo Lindo

Ricardo Lindo

El primer día del festival leí un poema de reivindicación gay. Algunos me felicitaron. Otros se incomodaron. “Es como una charada”, dijo un espectador. Otro comentario curioso oí, que nada tiene que ver con lo precedente: “¿Por qué nos quitan la poesía los de Granada, si la poesía es de León?” Pero, pensé, la poesía es del mundo, y Granada, la solar ciudad de las amplias plazas, de las elegantes de casas de otro tiempo, sin supermercados ni cafeterías de cadenas internacionales, casi sin vehículos automotores pero con bicicletas y carruajes de caballos, situada junto a uno de los lagos más grandes de América, bien puede ser la capital de las letras que amamos, y por unos días lo fue.

El Festival se inició el martes 7 de febrero y concluyó el sábado siguiente. El domingo nos ofrecieron a los poetas que quedábamos un paseo por las isletas. Los más ya se habían marchado a sus más o menos mediocres ocupaciones, pues ningún poeta vive de su arte. Llegamos a una isla en la cual desembarcamos. Sin que lo supiéramos, el propietario nos había preparado una recepción en su mansión isleña. El señor me vio apartado y dubitativo y se acercó a preguntarme que me pasaba. Le hice saber en breves palabras cuánto tuvo para mí de conmovedor ese encuentro. Quiero ahora explicarme un poco más.

Conocí Nicaragua en Madrid en el otoño de 1964 y los años que siguieron. Yo era el único joven escritor salvadoreño en la capital española en aquel momento, y me integré naturalmente al grupo de jóvenes poetas nicaragüenses. Mas tarde llegó también mi compatriota el narrador Jorge Kattán. Para esas fechas las becas de Cultura Hispánica en Managua estaban en manos de Pablo Antonio Cuadra, de ahí que casi sólo poetas enviara…

Por mi padre, el poeta Hugo Lindo, ya había conocido escritores nicaragüenses, pero estos eran mi generación.

En aquella sofocante Universidad franquista poco aprendí. Mi verdadera lección de esos tiempos la obtuve en las tabernas nocturnas donde, entre vino y vino, Carlos Martínez Rivas daba su cátedra invaluable. Él era mayor que nosotros, y cargado de experiencia oficiaba de Papa. Borracho maravilloso, debió morir como Li-Po, abrazando la luna del gran lago. Y hoy veía a mi amigo Carlos convertido en la escultura de un artista austríaco, que develamos con unción, y junto a la suya la de Enrique Fernández, a quien oí hace ya muchas lunas, mediando el último siglo del último milenio, recitar su admirable soneto de invocación a la muerte. Y volví a ver amigos de aquel Madrid lejano, pues, estando El Salvador tan cerca, nunca antes estuve en Nicaragua.

Hicimos el cálculo con Horacio Peña: no nos habíamos visto en 42 años. A quien menos tiempo tenía de no ver era a Francisco de Asís Fernández, sólo 32 años… Estuve también con Luis Rocha, y hubo ocasión de evocar a los ausentes, a Beltrán Morales, muerto a edad temprana, a Julio Cabrales, quien perdió la razón. Me aconsejaron que no fuera a verlo. Ya no me iba a reconocer. Y recordé aquellos comienzos de mes (un estudiante en Europa sólo tiene dinero a comienzos de mes), en que íbamos con Julio a Whisky and Jazz, ocultando media botella de whisky barato para ir recargando bajo la mesa los dos únicos tragos que pagábamos. Y vi a Claribel Alegría, ya de mucha edad, quien recordó haberme visto niño (tengo 59 años) y quien contó que mi padre estuvo enamorado de ella en sus mutuas adolescencias y le escribió unos versos. Los recitó y los copié en una servilleta de papel y la hice firmar su autenticidad. Firmaron al margen del documento un amigo argentino y una amiga mexicana, a guisa de testigos. Y asistimos a recitales de versos donde a veces lo espléndido iba a la par de lo francamente malo, y escuchamos recitales públicos de músicos famosos, y contemplamos las representaciones de un folklor archimillonario, y nos admiramos del amor que ese pueblo tiene por la poesía. Un vendedor del mercado mencionó a Pablo Antonio Cuadra. Le conté que lo había conocido, y abrió grandes los ojos como si hubiese dicho: “Toqué la mano de Dios”. Pensé que ello se debe a que el más universal de sus héroes es un poeta.

Y llegó la noche de clausura, y entre versos en variadas lenguas se levantó un colombiano y dijo que ignoraba si lo que nos iba a leer era un poema, y leyó unas líneas amargas en las que entre otras cosas decía: “Si yo fuera tú, gringo, me inmolaría ante el Pentágono por tener un presidente malvado y estúpido…” “Muy valiente” oí a alguien a mi lado. Y pensé que sin duda lo era, pues no tengo razones para dudar de su sinceridad, sólo que no siendo gringo no tiene por qué aplicarse la receta. En todo caso, creo, se necesita de más valor para inmolarse que para recomendar a alguien que lo haga.

Selló las lecturas John Deane, un irlandés con una página admirable. Hablaba claro, y lo medio entendí en mi medio inglés. Al escuchar la traducción, terminó de impresionarme. Me acerqué a felicitarlo, y dijo algo del metro de Londres. Argumenté que había sentido algo sideral, no subterraneo. Repitió su explicación tras oir mi inglés torpe: ese poema estaba en todos los trenes del metro de Londres.

Y tanto sucedió que olvido o callo en esa semana que no olvidaré, pues así es la memoria. Puedo recordar con nitidez una sola semana en Roma, hace más de tres décadas, y olvidar cientos de semanas vividas en un solo lugar.

Tras responder a nuestro anfitrión, me sumé al jolgorio. Vi entonces que el colombiano estaba sañudamente aparte, mirándonos con rencor, como diciéndonos : “Vendidos”. Pero, aunque estemos a favor de una más justa distribución de la riqueza, me dije que bien podíamos aceptar la generosidad de un desconocido que tan desprejuiciadamente nos abría las puertas de su casa. Mas algo de razón asistía al colombiano. Durante una semana fuimos recibidos como príncipes y nada se escatimó para halagarnos, pero muchas veces en la calle la miseria nos extendió su mano pedigueña.

Esa noche, al regreso, aun me esperaba algo. Un encuentro fortuito me llevó a casa de los dos poetas organizadores del festival, Francisco de Asís Fernández y su esposa, Gloria Gabuardi. Hablamos con Francisco de los amigos de antes. Él mantuvo contacto con los compañeros españoles, y algunos de otras nacionalidades. Y recordamos a María Mercedes Carranza, poeta de Colombia, compañera de entonces, quien se suicidó hará dos años. Mi madre me guardó un recorte de periódico que daba la noticia en San Salvador. Estaba también su foto. Su rostro era aun hermoso, pero endurecido por una vida despiadada. Nada quedaba de aquella gracia frutal de su dorada juventud.

Tantos y tan encontrados sentimientos, antes y después de la isla, bien merecían un minuto de silencio junto al gran lago.

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Un comentario to “Festival Internacional de Poesía en Granada, por Ricardo Lindo”

  1. RICARDO LINDO dice:

    hola amigo ricardo lindo tenemos los mismo nombre yo vivo en colombia barranquilla y aki tngo un estudio de grabcion el mas famoso de aki de barranquilla en q parte del mundo usted esta .yo recuerdo q yo hace dos años yo le escrivi y usted me respondio este es mi correo

    ricardolindo72@hotmail.com

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