
Una magia de sol y viento
Los días del festival de poesía de Granada fueron unos de los más felices de mi vida. No sólo por el aire y espacio – muy especial, muy mágico – sino por el ambiente; el sol y el viento; y la gente, por supuesto. Vivimos una maravilla de vida, como en un sueño. Extraído de la realidad como un sueño en que todo es posible; todo se cumple… hasta lo que no existe. Pero siempre podemos crearlo nosotros mismos.

Recuerdo del viaje ese lugar especial suspendido entre el aquí y el ahora; entre las posibilidades. ¿Lugar llamado Dios*? Lo que sigo teniendo antes mis ojos fue lo más bello: un sueño imposible de abandonar. El agua y el verdor, las cascadas de flores rosadas y las hamacas balanceándose en los árboles: un fragmento del paraíso cortado del cielo. Leímos nuestros poemas en el parque junto al río, bajo las banderas ondeantes; de la torre de Babel multiplicada llamamos a la gente sentada ante nosotros en sillas de plástico. No todos habían encontrado asientos, detrás de los respaldos se había juntado un grupo de nuevos oyentes. El cuerpo es mi patria: el olfato y la soledad de una loba – aseveraba una, con el rostro tallado de nácar. Mi seno izquierdo huele a mango y el derecho, a papaya – aseguraba otra, brillante como el ébano. Ningún, ningún límite para mis llanos – cantaba otra, escondida tras un flequillo blanco como un velo.

¿Qué tenía yo que ofrecer aquí?
El viento aleteaba en nuestros cabellos y echarpes como un ave de un cuento de hadas, barajaba las hojas; si pudiera, nos arrebataría todas las palabras. Nuestras pulseras se han transformado en instrumentos resonantes, a los pendientes les crecieron plumas…
*Miguel Aníbal Perdomo, del cuento Fiebre, del libro Sueños del amor y de la muerte
Nota: Traducción de la autora. Revisión del estilo en español de Laura Vargues Sánchez.