Por Daniel Rodríguez Moya
Hay ciudades que llevan la poesía adherida a su propio nombre, a su propia historia. Geografías que un día fueron recorridas por algún escritor que alcanzó la fama y que quedaron para siempre unidas a sus pasos. Se habla de ciudades literarias como del París de Baudelaire, la Lisboa de Pessoa, la Praga de Kafka, la Granada de García Lorca. A un océano de distancia de la ciudad lorquiana, la Granada tropical, la que divide su tiempo con una temporada de lluvias y se estremece con el temblor de la tierra, también se ha fundido en un poema. No sólo por la presencia del poeta sandinista, cura trapense para más señas, el Padre Cardenal con su barba blanca de profeta y sus versos como salmos terrenales, de este mundo. No sólo porque en la Granada nicaragüense cuando llega febrero la plaza de La Merced o Xalteva se llena de poetas de medio mundo que llegan a esa herida abierta de Centro América para decir sus poemas y compartir algo más que versos. Los chavalos que pasean con sus bicicletas los miran con asombro. Todos quieren ser poetas. Uno se acerca y casi con veneración pide un poema para enamorar a una muchacha que vende vigorón en la plaza. A cambio invita al incrédulo poeta a un raspado. Es un trueque justo: unos versos de amor por un poco de alivio helado al sofocante calor de febrero.
La Granada que se extiende a la sombra del volcán Mombacho y se mira en las aguas del Lago Cocibolca es un poema que se escribe a diario en el ajetreo del mercado, por la Calle Atravesada, mientras se sazonan los jocotes o los mangos, y se enchilan para pasar así la mañana. Se escribe en cada nota de las marimbas de la Plaza Central cuando suena “La mora limpia” o “Alforja campesina”, y aparecen, como subiendo del Caimito, las palabras de otro poeta, Carlos Mejía Godoy, con el cansancio del que ha perdido una revolución, la misma revolución perdida que transita las páginas de las memorias de Ernesto Cardenal.
En los versos que teje el poema granadino se filtran los temores nocturnos, los fantasmas que transitan los barrios oscuros. Por las noches, cuando ya todo el mundo se ha recogido, y tal vez sólo queda algún hombre rezagado en alguna cantina, los que esperan a que llegue el sueño temen que también lo haga la Carreta Nahua, doblando la esquina de la calle. Una figura fantasmagórica, cubierta con un manto negro, va montada sobre un carromato destartalado de madera. Sus ruedas parecen rodar lentísimas, muy ruidosas. Va guiando a dos bueyes muy flacos, encanijados, que tiran del infernal artilugio. Sus manos son huesudas y la cabeza es igual, es una pura calavera, es la Muerte Quirina. Pero luego llega la luz y a las seis de la mañana Granada empieza a oler a tortillas de maíz fritas y a café. El día madruga con insolencia.
En Granada, Joaquín Pasos nos dice que todos los ruidos del mundo forman un gran silencio; pero el silencio se rompe con las tormentas de Carlos Martínez Rivas “en la tardecita eléctrica de las casas con salitas abiertas y muchachas sentadas en las butacas meciéndose con los radios encendidos”.
Para Gioconda Belli las palabras de los pueblos se parecen a sus montañas y a sus lagos, también a sus árboles y a sus animales. El poemas que es Granada habla por su historia. Tiene versos sobre conquistadores españoles que llegaron con sus barcos a su Mar Dulce. Se mezcla en sus sinalefas la lengua de los antepasados con “la lengua del despojo”. No son metáforas las que hablan del gran incendio, de la invasión de un gringo loco, otro más, que se creyó dueño del destino de un pueblo, que quiso someterlo. William Walker quiso dejarlo por escrito cuando, como Nerón, lo puso todo al pasto de las llamas: “Here was Granada” -”Aquí fue Granada”. El filibustero no intuyó que muchas décadas después el poeta Pablo Antonio Cuadra lo desmentiría al asegurar que esta ciudad “es tan eterna como Roma”.
Hay ciudades poéticas que siempre estarán vinculadas a uno o varios nombres que construyeron un imaginario con ellas. El poema que es la Granada nicaragüense está escrito con muchas plumas distintas. En él han ido incorporando sus imágenes los poetas que buscan el verbo exacto, el adjetivo que no mate. Este poema pertenece a Ernesto Cardenal, a Carlos Martínez Rivas, a Pablo Antonio Cuadra, a Enrique Fernández Morales, a su hijo Chichí… pero lo que dicen sus versos, más allá de las metáforas y los juegos literarios, más allá de los libros y los recitales, se escucha cada mañana en el rumor de la plaza, en la paciencia infinita de un pueblo cuyas palabras se parecen al palo del chilamate, con profundas raíces que lo agarran a la tierra y lo dejan crecer, a pesar de la amenaza de los huracanes.
(Fuente: Cuadernos Hispanoamericanos Cuadernos hispanoamericanos, Nº 681, 2007 , pags. 51-54).

Triunvirato poético en el Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua, 2005
Daniel también nos manda un poema… Un poema que no es cualquier poema, ya que simboliza la unión entre las dos Granadas, la nuestra y la hermana española; no sólo desde los lazos que existen fraternos y entusiastas entre los dos festivales de poesía, sino entre dos granadinos que se aman.
De la oficina de los pregos dos cuadras y media al norte
Suena el radio a las seis de la mañana:
ya no hay sueño posible.El día y su insolencia han despertado.
Tiene este amanecer sus mínimas costumbres:
El olor a frijoles y tortillas,
el sudor, el bostezo,
y los gritos de Norma: “¡Apurate Hans Pierre!”.Mientras Mayra se peina
los siete años de Robin enredan en el cuarto:
”¡chavalo rejodido, dejá las babosadas!”.Ya son casi las siete,
y a Heidy no le gusta la camisa
recién planchada, blanca, la falda azul marino,
ir a la escuela.
Ella sueña con fiestas, vaporosos vestidos,
un muchacho elegante que la lleve a bailar…
“¡Te agarra la mañana, muchachita!”.John Paul sale discreto.
No quiere llegar tarde al examen de inglés.Suena el radio, las siete en Nicaragua,
ya no hay sueño posible.
Daniel Rodríguez Moya. Nacido en Granada, en 1976. Es licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Granada (UGR).En 2001 obtuvo el Premio Federico García Lorca de Poesía, convocado por la UGR, por el libro ‘Oficina de sujetos perdidos’. Además, ha publicado ‘El nuevo ahora’, en la editorial Cuadernos del Vigía. Su libro más reciente es ‘Cambio de planes’, editado en 2008 por Visor.
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