
Imagíneme en el V Festival Internacional de Poesía de Granada. Visualíceme con mi agorafobia en las lecturas al aire libre donde la inmensidad del espacio me pudo tragar entera. Mi instantes de miedo por viajar a un país desconocido, extenso y diverso como lo es Nicaragua.
Por Krisma Mancía
Mi absurdo miedo a la soledad que se alimentaba del insomnio, que me hacía parecer un zombi contratado. Sépase de todas las fobias del mundo reunidas en una sola persona. Adrian Monk (personaje central de una serie televisiva) sería una pálida sombra ante mi singular miedo de existir y coexistir en un universo inventado por un Dios perverso, y que me odia.
Hay miedos que se pueden ocultar con la excusa de que son una parte peculiar en una personalidad. Yo sé que fue difícil ocultarlo, pero quizá la fobia fuerte con la que tuve conflicto fue, para decirlo en una palabra adecuada, la Kainofobia: resistencia a probar lo nuevo y no aceptar lo extraño. Y lo extraño y extravagante se encontraba en Granada, porque la poesía tiene una rara empatía con todo aquel que se deja embrujar por la belleza de la palabra, siendo la poesía ese ser intangible que tiene el poder de convertirnos en persona singular ante la sociedad. Esa que tiene la fuerza de convocar a una fiesta internacional donde ella sea la reina y donde pueda bailar libre ante los ojos de aquellos que tienen corazón abierto a las sorpresas. Puedo decir que me sorprendió esa libertad y esa pluralidad de voces, acentos e idiomas conquistando los espacios en sus diferentes manifestaciones: el amor, la muerte y la locura al mismo tiempo y a alta voz era imposible no aceptarla. Mis fobias, entonces, tuvieron que bajar la guardia y vencerse ante mi deseo de conocer todo lo que se me entregaba sin clasificarla en buena o mala. Luego tendría la oportunidad de hacer mis conclusiones, mis análisis literarios cuando regresara a El Salvador y estuviera sentada sobre un sillón mullido y ante mi computador.
Y regresé.
No fue fácil extender y poner en orden mi torbellino de imágenes, reflejos, sensaciones y recuerdos que se me incrustaron en la corteza interna del cerebro. Enterarme, hasta este preciso momento, que estuve a tres metros de Yevgeny Yevtushenko y que toda la información que él vertió en las corrientes de mis neuronas apenas la estoy asimilando.
Alguien me dijo que tenía que ver a Yevgeny Yevtushenko y que no me perdiera la oportunidad de estar en la presencia icónica de ese hombre. El símbolo de una generación rusa oprimida por Stalin. El nominado al Premio Nobel de Literatura por varias ocasiones. Su forma especial de encantar a muchedumbres en una lengua extranjera. Entonces sucedió lo que una asustada Krisma temía: se sintió como una pequeñita hormiga abochornada ante esa figura poética que desplegaba un genial espectáculo de luces. Temía quedar en la oscuridad cuando aquello terminara, o que alguien más rompiera la magia. Él estaba allí con sus camisas sicodélicas, imposibles de olvidar, tratando de comunicarse en español con un potente acento ruso. “Si estás dispuesta a ver a Yevtushenko, no cierres los ojos”. Cerrar los ojos es omitir parte del gozo estético de poesía de Yevtushenko, omitir la palabra expresada en cada uno de sus músculos. Supe que hay un tipo de poesía que tiene que ser vista, representada, escenificada y enriquecida con gestos y movimientos corporales. En resumen: Yevtushenko es una obra poética escenificada, un escritor que ha creado un personaje de sí mismo para ser visto bajo los reflectores. Eso puede llegar a asustar.
Mi mayor obstáculo con los recitales y lecturas de poesía tiene que ver con el producto final. Generalmente la persona que lee un texto en alta voz trata de impresionar, emocionar y no decepcionar al público. Trata en alguna manera de sobrevalorar y exaltar sus textos con el recurso de la declamatoria, haciendo énfasis en ciertas palabras para que tenga sentido en el momento de escucharlo. Sucede que ocupando ese tipo de recursos, efectivamente, hay una conexión con ese auditorio que llega a escuchar lo que quiere escuchar, toma lo que se acerca a sus emociones y lo acepta o no. El público, en definitiva, es un animal de instintos que espera ver y a escuchar lo efímero, la puesta en escena, el embrujo de las palabras, pero muy poco a entender en su totalidad el mensaje de fondo. Es ese mensaje a lo que le tengo un miedo atroz, porque en definitiva lo queda en concreto y como producto final es el texto escrito. Ante Yevtushenko tuve miedo de quedarme decepcionada cuando lo leyera tranquilamente en mi cómodo sillón. Tuve miedo de pensar que la palabra escrita opacara el encantamiento de su timbre de voz. Sin embargo, lo que encontré en la lectura de sus textos fue otra historia, una casi coherente a lo visto en Yevtushenko: una poesía comprometida con la vida, el amor y sus tragedias.
El libro “Caminando sobre el tejado” se me fue entregando dentro de un paquete-regalo de bienvenida que, la organización del Festival Internacional de Poesía en Granada, se les proporcionó a todos los escritores participantes del evento. El libro fue editado gentil y especialmente por Yevgeny Yevtushenco para este Festival. Ese pequeño libro, aparentemente inocente, tiene la agradable sorpresa de encontrarse con una poesía de calidad. Cosa que me tiene feliz y a punto de entrar en un shock existencial. Sobre todo porque estoy acostumbrada a la idea fija de que la buena poesía debe respetarse y que está hecha para ser leída y no utilizada en los escenarios con el pretexto de divertir o idiotizar. Pero me llama la atención, pues, la complejidad de las ideas dichas de una forma sencilla. La ironía en se tocan temas sociales y la fluidez, me impresionaron.
En “Caminando sobre el tejado” se encuentran dos corrientes vitales en la poesía de Yevtushenko: poemas dedicados al amor y poemas de crítica social. Cabe decir que ambas corrientes a veces se mezclan y se entrelazan en algunos poemas, haciendo que tengan una potencia inesperada. Obviamente transcribo completo uno de los poemas amorosos que vale la pena leerlo completo:
Mi primera mujer
En el amargo paraíso para la viudas,
en un pueblo de Siberia después de la Guerra,
nosotros, adolescentes, bailábamos con
mujeres campesinas
que olían a pasto fresco y a fresas silvestres.
Y una de ellas, verde grosella, cuidadora de
panal de abejas,
Que olía a miel, a caballos y a pinos, me silbó
y me dijo:
“¿A ver si eres hombre, precioso? Atrévete…
Pon tu mano bajo mi blusa… ¿Verdad que está
caliente?
Es mi estufa privada”.
Un oso desliñado hacia sonar sus cadenas en el patio.
Entré a la vieja y destartalada cabaña.
La mujer dijo: Si me comparo contigo yo soy
muy vieja.
¿Qué edad tienes? ¿Unos 16 más o menos?
Tragué aire bastante asustado,
de mis labios salió algo así como una explosión
de plumas de una almohada:
“Sí, ya hace un tiempo atrás… en enero…”
y escuchando mi ingenua mentira,
el reflejo de una bebida de miel brillante
se reía en burbujas doradas en la rustica mesa
que estaba encima de una carreta de lona para
los caballos.
Mi dientes rechinaban contentos
en la punta afilada del cucharón de fierro,
lleno de agua helada con pedazos de hielo
mientras yo te esperaba
recostado en una piel de oveja
que cubría una barata razada de algodón.
Tú me disjiste: “Da vuelta la cabeza”,
pero yo sólo fingí hacerlo.
Perdí el aliento volando a un paraíso celestial
Lleno de trompetas y gordos querubines.
Tú trataste de darme miedo con un pesado palo de amasar:
“¡Cierra tus desvergonzados ojos!” y te lanzaste sobre mi
Como un ángel tierno de los bosques silvestres de Siberia,
sobre tu desamparada camisa color caqui,
tu sostén negro de duelo,
sobre unas botas de soldado.
Me desnudaste con unas manos hambrientas de amor,
Yo estaba ruborizado y lleno de vergüenza,
pero me ayudaste a no quedar mal
y entre en ti como en la eternidad.
Tú te habías olvidado cómo abrazar a un hombre.
Tu esposo había muerto hace cinco años.
Mientras me abrazabas cerraste los ojos,
Quizás tratando de acordarte de él.
Tu frente marcada con picaduras de abejas.
Cuando finalmente supiste que yo sólo tenía 15 años,
te arrodillaste ante una descolorida imagen de Cristo
y rompiste a llorar: “No hay perdón para mí”.
Sin duda que Cristo te perdonó,
Porque tú, que casi me amaste,
Llevando aún tu anillo oxidado
que tenía un rústico pedazo de cristal,
dejaste para siempre tus rasguños sobre mi piel.
Con toda la sinceridad de tu cuerpo desolado por
mucho tiempo,
con todo el dolor dentro de tus pechos intocados
que creías casi muertos
lo único que tú deseabas creer
es que yo nunca dejaría de amarte en todas
mis mujeres.
El modo tan sutil de hacer que un poema sea una sola imagen clara y refrescante se mantiene por sí misma en pie. La descarga eléctrica de una situación social y cultural en diversos escenarios me hacen recordar la trágica situación vivida en El Salvador durante la guerra civil y después de ella. Similitudes universales tocados con magistral experiencia. Sin exageraciones de licencias poéticas. Limpio. Transparente. En algunos momentos ingenuo dentro de la historia, pero comprensible y acorde al personaje. Un personaje-narrador que bien podría ser el mismo escritor en un fragmento de su vida.
Una de las cosas que quisiera destacar, antes de finalizar, es que “Caminado sobre el tejado” fue traducida directamente del ruso al español por el chileno Javier Campos y que con admirable éxito. Digo esto por una simple razón: muchas veces ocurre que un poema traducido a cualquier idioma pierde mucho de su encanto fonético. Tenemos el ejemplo de varias traducciones de T.S. Elliot que son sinceramente una patética sombra de lo que realmente es su lengua original. Pero parece que en este caso el traductor y el escritor supieron comunicarse para que la barrera del lenguaje no fuera un conflicto y que la poesía del primer ruso en romper la Cortina de Hierro llegara a mi sin mayor dificultad. Por eso termino este artículo citando unas palabras de Yevgeny Yevtushenko: “nacer en todos los lugares es por supuesto imposible, pero renacer en cualquier parte depende de nosotros mismos.”